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El rincón de jazmin

Recuerdos

Hace mucho...

Hace mucho...

Hace mucho que no escribo aquí. La verdad, quería volver pero no sabía como abrir de nuevo el blog.( reconozco que a veces soy de lo más torpe) Pero siempre hay personas encantadoras que te ayudan y, esta persona ha sido Sakkarah. Una estupenda amiga, que ya no es virtual. Sí, ya nos conocemos en vivo y directo.

Estuvimos un corto tiempo juntas en Madrid,  un par de horas escasas, si llegaba, pero para mi fue un día especial.

Siempre la elegía a ella, no sé porqué motivo, sin conocerla me daba buenas vibraciones y esa buena sensación, la pude constatar cuando la vi.

 

Quedamos en el Palacio Real, precioso por cierto, y como no nos habíamos visto nunca, excepto por foto, enseguida nos reconocimos. Bueno yo a ella sí. Ella quizás me reconoció porque le dije unos minutos antes por teléfono: estoy subiendo la cuesta de San Vicente, al lado del Campo del Moro y en unos minutos estoy contigo, añadiendo, cuando veas a una que lleva una mochila a la espalda con cara de perdida; esa soy yo.

Estaba perdídisima, fuera del metro que te lleva donde quieras sin perdida, andaba más perdida que un oso en un desierto. No conocía Madrid para nada.

Recuerdo que cuando era pequeña me llevó mi abuela a ver a un tío, hijo suyo que vivía allí. Pero por las fotos que tengo de ese día en que un primo hacía la comunión debía de ser muy pequeña. Ese familiar ya no vive allí, sino hubiera ido a verlo también y se hubiera llevado una sorpresa muy grande.

 

Estoy hablando de muchísimos años atrás, claro.

A lo que iba, Sakki, como yo la llamo, tiene una mirada serena y sincera. Algo que me gustó mucho y sin grandes esfuerzos pudimos conversar de nuestras cosas con facilidad, caso raro en mi, que soy de lo más tímida, aunque no lo parezca escribiendo.

Es fácil estar con ella; sencilla y verdadera.

Cuando nos despedimos, la abracé con todo mi corazón y ella lo sabe y sino, se lo digo de nuevo aquí.

Gracias, Sakki, porque siempre estás ahí y eso, es muy difícil de encontrar.

Un enorme abrazo.

jazmin

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Mandy , mi perrita fiel

Mandy , mi perrita fiel

 

Esta es Mandy, mi perrita.

 

 

-.He visto un perrito precioso, pequeño, no tiene ni un mes , si lo vieras, te gustaría.
-. No! le dije, ya tenemos a Mandy.
Mandy era una perrita casi chihuahua y ya tenía 18 años, muchos años para un perro, me decía el veterinario, de hecho es la más anciana que tengo registrada en la clínica -. Ella está bien, le respondía , come bien, lo único es que a veces se queja porque le duelen las patas y cojea -. Es artrosis me decía, es que casi ronda los cien años de edad de una persona. Son muchos años.

Mandy tenía además de artrosis, cataratas que no podía operar debido a su vejez por miedo a la anestesia, no veía nada, estaba sorda y debía medicarla para el corazón y limpiarle las orejas cada dos por tres por el cerumen que le salía.
Le había acomodado su camita al lado del sofá porque ya no podía ni subir a él.

-. Ven, baja, me dijo, yo bajé y me encontré a un perrito precioso, que ya había pasado por tres casas y en ninguna lo querían. Cuando lo cogí entre mis brazos, ya no pude dejar que se fuera, no podía dejar que siguiera pasando por diferentes casas y, a saber donde caería y me lo quedé.


Estuvieron mal conviviendo durante seis meses juntos, ya que Pitu, así le pusimos de nombre, sólo tenía ganas de jugar y no dejaba tranquila a Mandy, mientras tanto; ella empeoraba, el dolor de sus patas, ya le era insoportable y gemía continuamente.
Por la falta de vista, también iba tropezando por los muebles y no oía nada.
Algunas veces, veía que las patitas le fallaban y prácticamente se caía al suelo, sin ningún motivo aparente.
No teníamos mucho más que hacer por ella y la llevé al veterinario, él me dijo: -.hace tiempo que debías de haberlo hecho, ella está sufriendo.
Le rasuró una patita y le puso una inyección tranquilizante. Ella se quedó dormida con la lengua fuera y me dijo el veterinario -. Tuya es la decisión.
Llorando le dije -. Adelante! y le puso la que la mataría.

Allí se quedó ella, allí quedó lo más fiel que había conocido nunca.

Ahora tengo a Pitu, que es una alegría en la casa y él me ha ayudado a superar la pérdida de Mandy, pero cuando lo miro aún la recuerdo a ella, fueron demasiados años juntas y siempre la tenía a mí lado.
A veces, miro fotografías y me doy cuenta que en todas la tengo a ella en brazos. Sin darme ni cuenta, ella se ponía en mis piernas y era ya tal la costumbre, que no notaba ni el peso de ella.
Tardé mucho tiempo en olvidarla y ahora mismo, la echo de menos pero creo que, lo que hice por ella fue lo mejor.
A la semana de haberla sacrificado me llegó una carta diciéndome que había sido incinerada, con una muestra de pésame del veterinario.

El porche de la parra

Estaba alejada del pueblo, en la montaña, era una de las casas que se construyeron primero. Los lindes del terreno estaban delimitados por piedras amontonadas a una altura de un metro, era bastante grande y en un lateral de la parcela estaba la casa.
Cuando entrabas por la puerta, te encontrabas con una enorme parra que en verano colgaban los grandes racimos de uvas, el enramado de la parra hacía de porche para refrescarnos los días calurosos de esa estación y salir con las sillas a tomar el agradable fresco de la noche, después de cenar y cobijarte del rocío de la noche.
En el suelo haciendo la terminación del agradecido porche habían muchas macetas que siempre tenían flores.
En un rincón había una pequeña mesa de madera y siempre había un botijo para beber agua fresca, decía que allí el agua se mantenía siempre fresca.
De frente a ese porche en el que nos cobijábamos se extendían campos perfectamente ordenados en los que podías admirar como iba creciendo lo que anteriormente se había plantado. Una ordenación geométrica admirable y que separaba de un campo a otro de lo plantado unas acequias por las que corría el agua cuando se levantaban unas pequeñas compuertas por campo.
Por el sitio que pasabas de aquella perfecta simetría de campos con cultivos, podías ir oliendo los manjares que iban saliendo en las matas escondidas en el suelo y en los árboles aparecían los melocotones que impregnaban de olor el aire al pasar junto a ellos.
Cuando los pies pisaban la tierra veías como los melones y las sandías cada día eran más grandes y el rojo de los tomates agarrando sus matas con cañas para que el peso de ellos no la quebraran y te perdías por la hierba exclusivamente plantada para los animales.
Aquello era un vergel. Un paraíso de colores de todos los tonos y de distintos aromas que nos envolvían en cuanto soplaba una pequeña brisa de aire debajo de aquél porche. Era verano, es cuando la tierra da más de sí, pero no puedo olvidarme del invierno cuando crecían las naranjas y los limones, que aroma desprendían aquellos árboles.
En primavera aparecían las cerezas que cogíamos y nos las poníamos en las orejas diciendo que eran como pendientes, los nísperos que se iban madurando en el árbol y nos perdíamos por aquellos campos cogiendo las habas de las matas.
Cierto que tenía su trabajo, siempre estaban pendientes del campo y de limpiar las malas hierbas. No obstante, siempre compensaba; sólo con unas semillas, la tierra, el sol, y el agua era capaz de hacerse semejante milagro y darles por duplicado el esfuerzo y lo que se esperaba de lo plantado te lo ofrecía por cuadriplicado.Siempre me lo decía no hay nada más agradecida que la naturaleza.

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No pudimos despedirnos


Estábamos llegando a la casa de Anita, ya era muy tarde y le habían dicho al taxista que nos dejaran unos cuantos metros antes de llegar para que no oyeran el coche y Salva, mi hermano mayor, al ver la casa, sus ojos rojos de tanto llorar, se alegraron y corrió para llegar antes.
Uno de mis tíos salió detrás de él y lo cogió tapándole la boca, pero él ya había tocado la pared de la casa y vimos como se encendía la habitación donde siempre dormía ella.
En silencio andemos unos cuantos metros más para ir a casa de mi  otro tío que vivía justo en frente de su casa y que quedaba separada por unos campos de naranjos y algunas hortalizas que siempre plantaban según el tiempo pero, seguramente que los naranjos estarían cargados de naranjas, era  época de recogida.
Picaron en la casa de mi tío y  tras unos segundos abrió la puerta y éste nos miró extrañado y se lo contaron.

Pasaron unos escasos minutos y en la puerta apareció Anita que se nos quedó mirando. Salva y yo fuimos corriendo a abrazarla y ella nos apretó entre sus faldas casi hasta hacernos daño y dijo: -. ¿dónde está mi Paco? Todos se mantuvieron en silencio, bajando la cabeza para evitar mirar a su madre, ella  volvió a decir con lagrimas en los ojos -. ¿dónde está mi Paco?.
En ese momento apareció mi otro tío el que vivía con ella en el umbral de la puerta y nos miró  asustado y temiendo lo peor se acercó a Anita que aún estaba gritando -. decidme  ¿dónde está mi Paco? Y uno de ellos dijo -. ha muerto mamá. Ella se tambaleó y corrieron a cogerla porque a punto estuvo de caerse al suelo desmayada, la sentaron y nosotros nos fuimos con ella. Ella nos abrazaba llorando mientras decía: -.  ¡mi Paco, mi hijo! mi Paco!!.

Anita nos despertó diciendo dulcemente -.  venga que tenemos que irnos. Nosotros nos levantamos enseguida, ella tenía los ojos hinchados y muy rojos. Al verla así le dijimos: -. yaya, verás como es una mentira, él no se puede morir, ya lo verás. Rompió a llorar otra vez pero con toda entereza nos ayudó a vestirnos mientras, mi madre  sólo sabía quejarse de que la había dejado con cuatro hijos pequeños.

Lleguemos a un edificio muy grande, mis tíos y mi madre hablaban con un hombre, Salva y yo nos quedemos al lado de nuestra yaya que nos mantenía agarrados a su lado y entonces vimos como a mi madre la acompañaron por un pasillo, y al poco rato la oímos gritar.  Salva, salió corriendo y yo, detrás de él pero, mis tíos nos cogieron a tiempo; pataleamos y llorábamos diciéndoles -. Soltarnos que queremos ver a nuestro papá. Ellos no nos soltaron y según iban entrando uno detrás de otro, uno de ellos nos mantenía cogidos con fuerza.
Anita se levantó para salir por el pasillo y se pusieron sus hijos en la puerta negándole la entrada, ella les gritaba -.  dejarme pasar que tengo que ver a mi hijo por última vez pero, sus hijos no lo consintieron poniéndose como  muralla delante de la puerta, ella lloraba desconsoladamente y nosotros, llorábamos aún más al verla a ella.

Al día siguiente nos despertemos y sólo estaba Anita con nosotros y le preguntamos -. ¿dónde están, yaya? -. se han ido a enterrarlo y volvió de nuevo a llorar, nosotros no entendíamos porque no podíamos ir y se lo preguntemos y  ella nos dijo con el rostro  mojado en lagrimas y mirándonos fijamente a los ojos: -. Cuando penséis en vuestro padre; acordaros siempre pero, siempre, siempre de él con esa alegría que siempre veíais y  lo muchísimo que os quería, eso, es lo único importante mientras, ella lloraba abrazándonos con fuerza.
A ella tampoco la dejaron ir a despedir por última vez a su hijo, mi padre.

El alcoholismo

 

Recuerdos

Susana le había dicho a su hermano reiteradas veces que le gustaba que la visitara siempre que se presentara en condiciones, Pedro se enfadaba siempre y le decía ¿cuándo no vengo en condiciones? Sabes muy bien a que me refiero, le insistía su hermana. Hoy Susana podía hablarle claro y con toda sinceridad y además le miraba con tranquilidad a los ojos, esos ojos tan azules como el cielo que irradiaban tanta serenidad. Así le gustaba que viniera y poder decirle que tenía un problema serio y que ella le ayudaría a superarlo, él siempre decía que eran figuraciones de ella pero sabía que se mentía así mismo, así que ella una vez más le preguntó -. Dime ¿cuál es tú problema?, es lo primero, debes reconocerlo, no pasa nada por ello. En ese momento el miraba al suelo mientras su hermana le estaba hablando y entonces le dijo -. Soy alcohólico.
Por fin, pensó ella ya lo ha dicho, es un paso que tenemos avanzado, ella se acercó a él y mirándolo con lagrimas en los ojos, le contó que cuando el iba a su casa bebido a ella le daba pánico, que a pesar que le aseveraba de la manera que venía, se enfadaba e incluso chillaba, en el fondo, sólo tenía miedo de él porque no se daba cuenta pero era como una bestia -. Si te vieras Pedro cuando estás borracho, si tú pudieras verte, te asustarías, los ojos se te salen de las orbitas y se te ponen rojos y tu rostro aparece desencajado, das pánico.
El se sonreía y pensaba, que no era para tanto cuando ella lo veía así, se ponía a gritar diciéndole todo lo que se le antojaba y así se lo dijo. Susana sonrió cuando hizo ese comentario y le dijo -. Si, pedro, soy valiente para enfrentarme a esa fiera que llevas dentro, soy capaz de todo para que te des cuenta de que la bebida no es la solución, pero a pesar que te grite estoy muerta de miedo porque se lo violento que te pones. Ella le contó sus planes de ir a un centro de alcohólicos, que iría con él, que no lo dejaría nunca sólo y que si pusiera un poco de su parte saldría de ese pozo en el que se hallaba sumergido.
El se puso a llorar y le contaba que todo le salía mal, los trabajos, su matrimonio se había roto, que no tenía a nadie.
Susana entendía como se sentía pero le dijo que él era muy atractivo y joven y que si se quitaba ese vicio podría volver a empezar una nueva vida, conocer a otra mujer, fundar un hogar, que todos sus problemas eran por culpa de ese vicio, esa enfermedad que lo tenía marginado pero que había que empezar atajando el problema por ahí. Pedro, después de mucho hablar sobre su problema le prometió a su hermana que iría a ese centro al día siguiente.
Susana no daba crédito a lo que le estaba diciendo su hermano y su alegría era elocuente por el paso tan importante que iba a dar y quedaron para el día siguiente a una hora.

Susana estaba en la puerta esperando, había llegado temprano, ya vendrá de camino pensó, la emoción que sentía al pensar que su hermano iba a salir de ese agujero la tuvo todo el día en vilo y emocionada pensando en un futuro prometedor para su hermano.
Allí estaba Susana mientras iban entrando las personas y después de unas horas volvieron a salir todos los que habían entrado y aún estaba Susana en la puerta muerta de frío y llorando. Su hermano no había ido.

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